Sus obras forman parte de colecciones privadas en las provincias de Bs As. Córdoba, Chaco, Catamarca, Jujuy y países como Bolivia, Brasil y Estados Unidos
Heber Artaza, hace presente su obra con una fuerte influencia de la pintura y dibujo barroco y renacentista. Involucrándola a través de diversas intervenciones y acciones con la contemporaneidad y situándola en el contexto "la imagen como lenguaje, como un relato sin tiempo, crear desde un sitio atravesado por sus matices, historias y sus voces ”.
Atemporal
La obra de Heber Artaza continúa con el desorden visual producido por la posibilidad de la presencia de todas las imágenes y registros de todos los tiempos en el hoy. El “Hoy Contemporáneo” que es donde la maquinaria de la memoria produce sin reparos ni descanso, desde la ínfima huella humana de un itinerario banal, hasta los pulsos imposibles del cerebro que trabaja.
Las imágenes, posesión y material de cualquiera que tenga luz y un dispositivo, que atesore el papel amarillento, el lienzo, el videotape, la placa radiográfica, la pantalla y el inasible vórtice de la web; son todas una misma producción. Cada obra visual, depende históricamente de una anterior, aunque no se explicite esta deuda. En “Atemporal” el artista propone, no sólo la apropiación y la cita. Cada obra es pensada fiel a la lógica de los discursos que cada individuo desarrolla, desde la ignorancia de lo que se percibe, seguido de las asociaciones que ese no saber pueden generar, hasta la total conciencia en la participación en una operación crítica y compleja. El que ve, con un sentido asaz musculado en el siglo más visual de la historia humana, tiene ante si en esta serie de obras, el derecho al juego inocuo, sin evitar el enfrentamiento violento con la duda sobre la necesidad y la obligación de ver la totalidad, de reproducir la profusión de lo que no se detiene. La conmoción que se produce ante una revelación mínima, saber que se nos impone tanto como nosotros mismos imponemos, funciona perfectamente en la lectura de las pinturas en su conjunto.
Con incisiones sutiles y elegantes amputaciones, el artista expone el artificio sin tiempo que es la representación del rostro. Con el color y las pinceladas que expande sobre esa conjunción de cicatrices y afeites, soporte de mil identidades, logra vaciar cada una de ellas e iluminar la brutalidad decorativa que se impone en la carne. Desde la duda del hombre de a pie que no sabe si la faz que carga es signo o cosa, si los retratos legales son lo que lo mantiene presente, que teme por su nombre en el sistema de las credenciales burocráticas, que dudoso de su propia existencia en el absurdo y la especialización de las selfies navegantes eternas de la red como recuerdos que no serán historia, el pintor se sume en la certeza de las ficciones que nos son permitidas. Velázquez y el manierismo pop de la publicidad, la combinatoria que se rompe y marea resultado de lo mejor de la técnica pictórica para retener el regusto de la belleza y su posibilidad incluso en los trances donde se ha afilado tanto un arma que no quedan más que partículas en un poso que se remueve y que no nos atrevemos a beber.
Se mira, se percibe, se concibe la duda, se crea y se destruye. “Atemporal” no guía, invita a disponer de la eternidad y a retomar con calma a la finitud de nuestros días.